jueves, 4 de mayo de 2017

Esto es lo que ocurre en la naturaleza sin que nuestra vista lo capte


La larva de una estrella de mar buscando comida. Un ejército de ácaros dándose un festín en un irreconocible queso cheddar. O un agresivo protozoo en plena jornada de caza. Toda una serie infinita de acontecimientos naturales suceden ante nosotros sin que nuestra vista lo pueda captar, aunque sí los microscopios científicos.
Las mejores grabaciones científicas de este tipo han sido seleccionadas en el concurso Nikon Small World in Motion. El ganador de este año ha resultado el vídeo de la larva de estrella de mar, de William Gilpin (Universidad de Stanford). El segundo puesto ha sido para el cilio grabado por Charles Krebs y el tercero para el vídeo del crecimiento de un hongo contaminante de la comida, de Wim van Egmond.
Fotograma del vídeo de un hongo en crecimiento:  
http://elpais.com/elpais/2016/12/16/videos/1481887906_798814.html
Resultado de imagen de fotograma del vídeo de un hongo en crecimiento

miércoles, 3 de mayo de 2017

El aceite de palma es el 'último demonio', pero no es el único

Si mira en su despensa, no lo verá a primera vista, pero es muy probable que el aceite de palma esté ahí, en gran parte de los alimentos que almacena. Haga la prueba y revise la etiqueta de sus galletas, aperitivos, untables, chocolates, bollería, sopas instantáneas, pizzas o helados. El ingrediente, que a veces aparece camuflado bajo otras denominaciones, como aceite de palmiste, estearina de palma o incluso el nombre de la especie de la que procede, Elaeis guineensis, es el rey de los productos ultraprocesados, la grasa estrella para la industria alimentaria. 

En las últimas semanas, está en boca de todos. La polémica sobre su uso ha alcanzado tales dimensiones que varias cadenas de supermercados han anunciado su intención de prescindir del aceite de palma en sus productos de marca blanca e incluso el Congreso de los Diputados ha aprobado una proposición no de ley que, entre otras disposiciones, insta al Gobierno a restringir el acceso a los productos con aceite de palma por parte de la población infantil. La Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) también ha recordado en un comunicado que «se está trabajando con la industria alimentaria y otros agentes implicados en la reformulación o mejora de la composición de los alimentos», lo que incluye la sustitución de las grasas empleadas «por otras vegetales más saludables».
Pero, ¿qué efectos tiene sobre la salud?, ¿por qué se ha convertido en el último demonio de la alimentación?
En primer lugar, el aceite de palma es muy rico en grasas saturadas, por lo que «no es recomendable en un contexto de dieta saludable, ya que eleva el colesterol y puede favorecer la aterosclerosis y enfermedades cardiovasculares», señala la AECOSAN, que recuerda que las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) aconsejan reducir la ingesta de estas grasas y limitar su consumo a menos del 10% de las calorías totales de la dietal.

Al igual que la agencia, muchas voces, como la Asociación Española de Pediatría, se han manifestado en las últimas semanas asemejando el perfil de este aceite con el de otros productos ricos en grasas saturadas y señalando que al margen de la recomendación general de limitar el consumo de estas grasas «no existen datos específicos concluyentes sobre el consumo de aceite de palma, sobre todo cuando se estudia en el contexto de una dieta equilibrada».
Sin embargo, otros especialistas, como Aitor Sánchez, dietista-nutricionista, tecnólogo alimentario y divulgador científico, consideran que este argumento «supone una simplificación enorme porque hace tiempo que sabemos que no todas las grasas saturadas son iguales».

El perfil de estas grasas, explica, depende mucho de sus características. «Y resulta que el aceite de palma está compuesto principalmente por ácido palmítico, que se ha demostrado como uno de los menos saludables dentro de los saturados, tanto a nivel cardiovascular como en la relación que tiene con la aparición de diferentes patologías, como el cáncer». 

Lo más preocupante, subraya, es que para su empleo en la industria, el aceite se somete a un proceso de refinado en el que se forman ciertas sustancias, como el glicidol, sus ésteres y los MCPD (monocloropropanodiol). Estas moléculas que aparecen al calentar la grasa a altas temperaturas (superiores a 200 grados) se han asociado con un mayor riesgo de problemas como el cáncer.

Un uso rentable

Es muy barato, por lo que su uso es realmente rentable para las compañías». Un tercio del consumo mundial del aceite vegetal procede del aceite de palma pese a que su empleo masivo no sólo tiene consecuencias para la salud, sino también éticas y medioambientales. 

Su método de producción ha sido muy criticado porque ha contribuido a deforestar hectáreas de selva tropical (se cultiva principalmente en países como Indonesia o Malasia, que han perdido gran parte de sus áreas boscosas) y se han denunciado en múltiples ocasiones las precarias condiciones laborales que tienen las personas que trabajan en su obtención, así como la expulsión de comunidades indígenas que se produce a medida que aumentan las zonas de explotación.

La información nutricional que aparece en el etiquetado es muy mejorable, coinciden en señalar los expertos consultados. «Ahora ha saltado la preocupación por el aceite de palma, pero hay situaciones más escandalosas, como por ejemplo que no sea obligatorio mencionar la presencia de ácidos grasos trans, cuyos efectos para la salud son mucho más perjudiciales», subraya Miguel Ángel Martínez.
No sólo es legal no detallar la presencia de este ingrediente en los productos -puede aparecer bajo la denominación de «grasas hidrogenadas o parcialmente hidrogenadas»-, sino que el porcentaje que se emplea puede integrarse dentro del porcentaje general de grasas saturadas declaradas pese a que sus efectos para la salud son mucho más nocivos

Según explica el investigador, las trans -que se elaboran mediante un proceso de hidrogenación de aceites vegetales- nacieron precisamente para ocupar el lugar de grasas saturadas de origen animal en los productos procesados, después de que varios estudios asociaran su uso con un aumento del riesgo cardiovascular sin saber que su perfil era aún peor que el de sus predecesoras. Posteriormente, el uso del aceite de palma también se potenció como sustituto de las trans, aunque, nuevamente, no parece la alternativa óptima para la salud de los consumidores. 

La polémica en torno al aceite de palma ha hecho que mucha gente haya empezado a buscar productos que en su composición no contengan este ingrediente, sustituyéndolos por otros que emplean otros tipos de grasa. Sin embargo, para los expertos en nutrición, esa «no es la solución del problema».
«Un ultraprocesado que no contenga aceite de palma no es por ello más saludable. Contendrá muy probablemente otras grasas de mala calidad, grandes cantidades de azúcares, sal y harinas refinadas, cuyo perfil nutricional tampoco es recomendable», apunta Miguel Ángel Lurueña, especialista en Tecnología de los Alimentos y consultor científico-tecnológico independiente para empresas alimentarias.
«Se está demonizando el aceite de palma, como también ha pasado con el azúcar, pero esa no es la cuestión principal. Hay que fijarse en el alimento en su conjunto. Y si lo que te preocupa es la salud, lo que tienes que hacer es dejar de comer comida ultraprocesada en general, no uno de sus componentes en concreto», añade.
«No comemos nutrientes, sino alimentos», subraya en la misma línea Carlos Ríos, que explica que es fundamental tener en cuenta la «matriz alimentaria», las interacciones entre todos los componentes de un producto y nuestro organismo. La «comida real», la que no pasa por un proceso largo de elaboración industrial, puede ser rica en componentes como los ácidos grasos saturados, pero, en su conjunto, también posee otros elementos beneficiosos que, compensan, al menos en parte, los perjuicios asociados a un determinado nutriente, explica.

Coinciden con su punto de vista Martínez y Sánchez: «La mejor garantía es apostar por los alimentos en los que no es necesario mirar la etiqueta, porque no la tienen. Hay que basar la dieta en alimentos frescos o mínimamente manipulados, en frutas, verduras, legumbres, carnes no procesadas, porque esos son saludables al 100%», remarcan.
«Muchas empresas han reaccionado a polémicas como la del aceite de palma retirando el componente en cuestión, pero reformulando los productos de forma que contengan ingredientes poco saludables, lo que en definitiva es una estrategia de márketing que no aporta nada», reflexiona Lurueña, que también critica que las autoridades reaccionen a golpe de polémicas y sólo pongan parches que no abordan el problema de la alimentación en su conjunto.

«La dieta de los españoles, a día de hoy, no es la mediterránea, sino la ultraprocesada y eso tiene una relación directa con el hecho de que las enfermedades crónicas no transmisibles, como las cardiovasculares y el cáncer sean las principales causas de mortalidad en nuestro país», coincide Ríos. «Si queremos que se reduzca el consumo de estos productos procesados insanos, ¿por qué no utilizar las mismas estrategias que se utilizaron en la lucha contra el tabaco y fueron efectivas?», expone.

Vínculo entre el sistema inmunitario y la estructura cerebral y la memoria

El sistema inmunitario del cuerpo lleva a cabo funciones esenciales, como por ejemplo defendernos frente a bacterias. Sin embargo, el cerebro humano está separado de las células inmunitarias en el torrente sanguíneo por la llamada barrera hematoencefálica. Esta barrera protege al cerebro de patógenos y toxinas que circulen en la sangre, dividiendo asimismo a las células inmunitarias del cuerpo humano entre aquellas que llevan a cabo su función en la sangre y aquellas que trabajan específicamente en el cerebro. Hasta hace poco, se pensaba que la función cerebral no se veía afectada realmente por el sistema inmunitario periférico.

No obstante, en los últimos años, se han acumulado las evidencias que indican que el sistema inmunitario de la sangre podría en realidad actuar sobre el cerebro. Unos científicos han llevado a cabo ahora dos estudios independientes que demuestran que el vínculo entre el sistema inmunitario y el cerebro es más fuerte de lo que se creía anteriormente.

En el primer estudio, el equipo de Virginie Freytag y Andreas Papassotiropoulos, de la Universidad de Basilea en Suiza, buscó perfiles epigenéticos (patrones reguladores de la actividad del ADN sin cambiar su secuencia), en la sangre de 533 personas jóvenes y sanas. En su búsqueda por todo el genoma, identificaron un perfil epigenético que está fuertemente correlacionado con el grosor de la corteza cerebral, en particular en una región del cerebro que es importante para las funciones de la memoria. Este hallazgo fue confirmado en un examen independiente sobre otras 596 personas. Los resultados también muestran que son específicamente esos genes con actividad modificada epigenéticamente los que son responsables de la regulación de importantes funciones inmunitarias en la sangre que explican el vínculo entre el perfil epigenético y las propiedades del cerebro.


En el segundo estudio, el equipo de Angela Heck, también de la Universidad de Basilea, investigó los genomas de participantes sanos que recordaban particularmente bien o particularmente mal imágenes negativas. Una variante del gen TROVE2, cuyo papel en enfermedades inmunológicas está actualmente siendo investigado, fue relacionada con la capacidad de los participantes de recordar una cantidad especialmente grande de imágenes negativas, mientras que su memoria general no se veía afectada.

Esta variante genética también llevó a una mayor actividad en regiones específicas del cerebro que son importantes para la memoria de las experiencias emocionales. Los investigadores descubrieron asimismo que el gen está vinculado con la intensidad de los recuerdos traumáticos en personas que han experimentado sucesos de ese tipo.

Los resultados de los dos estudios muestran que tanto la estructura cerebral como la memoria están conectadas con la actividad de genes que también realizan importantes funciones reguladoras inmunitarias en la sangre. Aunque aún deben clarificarse los mecanismos precisos tras los vínculos que se han descubierto, los autores de los estudios esperan que esto sirva en futuras investigaciones para descubrir nuevos tratamientos médicos

Completan la secuenciación del genoma de la cebada

Un equipo de 77 científicos de todo el mundo ha terminado, tras diez años de labor, la secuenciación completa del genoma de la cebada.

Ha sido una tarea abrumadora, ya que el genoma de la cebada tiene casi el doble de tamaño que el genoma humano y el 80 por ciento de él está compuesto por secuencias altamente repetitivas, que no pueden ser asignadas con precisión a posiciones específicas en el genoma sin un esfuerzo extra considerable.

Esto lleva el grado de completitud del genoma de la cebada hasta un nivel enorme, tal como subraya Timothy Close, profesor de genética en la Universidad de California en la ciudad estadounidense de Riverside, y miembro del equipo de investigación.

La cebada se ha usado durante más de 10.000 años como alimento básico, para bebidas fermentadas y también como alimento para animales.

Se encuentra en productos conocidos como cereales para el desayuno, así como en algunas harinas. La cebada malteada proporciona a la cerveza color, cuerpo, proteínas, la capacidad de formar una buena espuma, y los azúcares naturales necesarios para la fermentación.



La secuenciación y los análisis relacionados proporcionan nueva información sobre las familias de genes que son cruciales para el proceso de malteado. La secuencia del genoma de la cebada también ha permitido la identificación de regiones del genoma que han sido vulnerables al cuello de botella genético, durante la domesticación (adaptación a la agricultura) de la cebada, un conocimiento que ayudará a guiar a los especialistas en mejora vegetal a optimizar la diversidad genética de este cultivo.

Este exhaustivo conocimiento del genoma de la cebada ayudará asimismo a los científicos a trabajar con otros cultivos, incluyendo el arroz, el trigo, el centeno, el maíz, el mijo, el sorgo y la avena.

Se identifican las bacterias más sensibles que habitan en el cuerpo humano.





Un estudio internacional coordinado por la Universidad CEU San Pablo y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en colaboración con la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica de la Comunitat Valenciana y la Universitat de València ha revelado que 10 de los 5.000 géneros bacterianos que conforman nuestra microbiota se ven muy influidos por factores como las enfermedades y los medicamentos. Asimismo, gracias al estudio del metaboloma se espera que sea posible aplicar a nivel práctico estos conocimientos, cuyos resultados se han publicado en la revista FEMS Microbiology Reviews. Todo ello podría ayudar en la creación de nuevas terapias para la prevención de complicaciones asociadas a los déficits bacterianos.

Alteraciones en la microbiota

Basándonos en estudios previos se ha realizado un análisis comparativo de 105 enfermedades, 68 tratamientos antibióticos y otros 22 tipos de factores –por ejemplo, edad, dietas, medicamentos, tratamientos con prebióticos y probióticos, embarazo, tabaco, clima o zona geográfica donde se reside -. “Gracias a la evaluación de su impacto sobre el metabolismo será posible una aplicación práctica de estos resultados, pues son los metabolitos -compuestos de bajo peso molecular- los que verdaderamente identifican el estado real del organismo”, señala David Rojo, investigador de la Universidad San Pablo CEU y primer autor del artículo.

Nuestro cuerpo está habitado por al menos 5.000 géneros de microorganismos que residen en la piel, las mucosas, el tracto respiratorio, la vagina o el tracto digestivo. Estos microorganismos conforman la microbiota, que presenta peculiaridades y características que se pueden ver alteradas por múltiples factores. El grado y las consecuencias de estas alteraciones dependen de la naturaleza, fuerza y duración de las perturbaciones, así como de su composición y estabilidad. “No todos los microorganismos de nuestro cuerpo son igualmente resistentes o estables”, señala Manuel Ferrer, investigador del CSIC en el Instituto de Catálisis y Petroleoquímica de Madrid.

Por otro lado, Coral Barbas, directora del CEMBIO y catedrática de química analítica de la Universidad CEU San Pablo, señala que “aunque todavía falte mucho por hacer, la posibilidad de correlacionar los factores de cambio que perturban la microbiota con ciertos grupos de metabolitos -ácidos biliares, ácidos grasos de cadena corta y aminoácidos- abre la puerta a un posible uso práctico de los mismo en ciertas terapias basadas en estos compuestos que, en el futuro, podrían contribuir de modo decisivo al restablecimiento de nuestra salud, pues cada día tenemos más claro que la microbiota tiene un enorme impacto”.  

En cuanto a taxonomía, las 10 bacterias más susceptibles a las alteraciones son las de los géneros Lactobacillus, Clostridium, Blautia, Faecalibacterium, Streptococcus y Enterococcus (filo Firmicutes), Bacteroides y Prevotella (filo Bacteroidetes), Bifidobacterium (filo Actinobacteria) y Escherichia (filo Proteobacteria). “Los factores estudiados en esta investigación provocan modificaciones en la cantidad de estos microorganismos. Conocer dicha información es fundamental ya que muchas de estas bacterias tienen un efecto beneficioso en nuestra salud”, añade Ferrer.

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lunes, 1 de mayo de 2017

La erupción del volcán submarino de El Hierro ‘creó’ una nueva bacteria

La mayor parte de la actividad volcánica de nuestro planeta tiene lugar en el medio oceánico. La erupción submarina de la isla de El Hierro, en concreto, se prolongó durante 138 días —de octubre de 2011 a marzo de 2012— y remodeló un área de nueve kilómetros cuadrados del fondo marino. Este episodio de vulcanismo submarino perturbó de forma radical las condiciones ambientales locales (mayor temperatura y acidez de las aguas, reducción del oxígeno, mayor turbidez y carga de material en suspensión, entre otros efectos) y espoleó en paralelo la actividad bacteriana. Hasta entonces, estas comunidades ligadas a la actividad volcánica habían sido estudiadas sobre todo en los hábitats de las fuentes hidrotermales en el océano. Los organismos extremófilos que viven en estos ambientes oceánicos adaptan su metabolismo para obtener nutrientes y energía y sobrevivir en condiciones que son limitantes para otros seres vivos.
"A escala local, este episodio originó un nuevo cono volcánico submarino y una pendiente de depósitos que se extiende hasta más de mil metros de profundidad. La erupción se inició a una profundidad de 363 metros, y al final del episodio volcánico el mismo punto se encontraba a 89 metros de profundidad, un hecho que implica una tasa media de crecimiento vertical diario de dos metros. Después, tuvo lugar un proceso de desgasificación, con manifestaciones hidrotermales, un período que se puede considerar todavía activo, aunque de forma difusa", detalla Miquel Canals, catedrático del departamento de Dinámica de la Tierra y del Océano de la Facultad de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Barcelona (UB).
El estudio, publicado en la revista Nature, Ecology & Evolution y liderado por Miquel Canals, jefe del Grupo de Investigación Consolidado (GRC) de Geociencias Marinas de la Universidad de Barcelona, y Roberto Danovaro, de la Universidad Politécnica de la Marche (Italia), ha permitido el hallazgo de una especie bacteriana, llamada Thiolava veneris, hasta ahora desconocida, asociada a la actividad volcánica del Tagoro.
La bacteria Thiolava veneris constituye un nuevo género y especie de bacteria extremófila. Según las imágenes de un vehículo submarino no tripulado dirigido por control remoto (ROV), el nuevo hábitat bacteriano cubre cerca de 2.000 metros cuadrados del volcán Tagoro —entre 129 y 132 metros de profundidad—, formando un denso tapiz constituido por unas estructuras filamentosas muy vistosas (tricomas bacterianos o cabello de Venus).
Los análisis revelan que esta bacteria está emparentada con otras bacterias marinas —en concreto, el género Thioploca— que muestran una gran flexibilidad para adaptarse a ambientes extremos de los fondos oceánicos.
La bacteria Thiolava veneris constituye un nuevo género y especie de bacteria extremófila, que cubre cerca de 2.000 metros cuadrados del volcán Tagoro
"El consorcio bacteriano del nuevo volcán presenta un conjunto de características diferenciales en comparación con otras formaciones bacterianas", apunta Canals. "Ninguno de los fragmentos identificados contiene genes asociados con la fotosíntesis, por lo que este proceso queda excluido del metabolismo de los filamentos microbianos. Sin embargo, la bacteria tiene una notable plasticidad metabólica para desarrollarse en ambientes volcánicos submarinos relativamente poco profundos. Ecológicamente, representa un estadio inicial del proceso de reinstauración de comunidades biológicas cada vez más complejas en los hábitats submarinos devastados por catástrofes naturales, como el caso del Tagoro en Canarias", subraya.
"Ahora bien, esta nueva especie se encuentra muy lejos geográficamente de otros centros de actividad volcánica (por ejemplo, la dorsal mesoatlántica), un hecho que plantea interrogantes sobre su procedencia", subraya Canales.

El volcán Tagoro, un laboratorio natural

Desde que se inició la erupción submarina del Tagoro en octubre de 2011, el equipo del GRC de Geociencias Marinas de la UB ha impulsado diversos estudios científicos que han revelado aspectos inéditos sobre el origen y la evolución de las islas volcánicas. Tanto este episodio volcánico, estudiado y monitorizado por los equipos investigadores en tiempo real, como su evolución posterior, hacen del Tagoro un excelente laboratorio natural para estudiar el fenómeno del vulcanismo submarino.
"Mientras la erupción estaba activa, el seguimiento de la evolución morfológica del nuevo volcán mostró la complejidad de este tipo de episodios, con fases de crecimiento rápido, otras más lentas, y colapsos parciales del nuevo edificio y las áreas cercanas, entre otros. Desde el punto de vista biológico, el proceso de recolonización que está en marcha representa también una oportunidad extraordinaria de estudio para la ciencia", concluye Canals.

Un virus y una oruga pueden mejorar la salud del Tercer Mundo

Los humanos han encontrado soluciones ingeniosas para conseguir habilidades de otros animales por métodos completamente distintos. El vuelo de los aviones tiene poco que ver con el de las aves, la forma de producir y almacenar energía es bastante distinta de la de las plantas y la inteligencia artificial se parece poco a la nuestra. Sin embargo, hay procesos en los que millones de años de evolución han producido máquinas difíciles de superar. Es el caso de la capacidad de algunos insectos para producir proteínas y de los virus para secuestrar organismos y ponerlos a su servicio.
En Algenex, una empresa situada en Pozuelo de Alarcón, Madrid, han diseñado un sistema que aprovecha estas máquinas naturales para producir todo tipo de medicamentos, desde vacunas a terapias contra enfermedades. Por un lado, emplean crisálidas de mariposas de la col como fábricas de proteínas, los ladrillos biológicos básicos de los que están hechas las moléculas que nos sirven para tratar enfermedades o prevenirlas. Este sistema de biocápsulas, que han patentado como CrisBio, aprovecha la intensa capacidad de generar material biológico de los insectos en el periodo de transformación que les lleva de gusano a mariposa.
Los baculovirus secuestran las células de la oruga y hacen que produzcan las proteínas que servirán de fármacos
Para introducir la molécula que se quiere producir, el sistema de Algenex requiere la ayuda de otros seres, no exactamente vivos, especializados en hacer trabajar a otros para reproducir su material genético. Los baculovirus son un tipo de virus especializados en infectar a estas orugas que se alimentan de las coles. Según explica José Escribano, fundador junto a su mujer, Covadonga Alonso, de la empresa, en ocasiones se utilizan los baculovirus para acabar con estos insectos cuando se convierten en plagas. Se lanzan sobre los cultivos afectados y las infectan convirtiéndolas en una especie de pulpa en pocos días. El hecho de que estos virus estén especializados en la infección de esos insectos hace que no supongan un riesgo para los humanos.
Para producir las vacunas o los test diagnósticos, los virus se modifican genéticamente para que en lugar de poner el organismo de las crisálidas a replicar su propio ADN produzcan la molécula deseada. El tiempo de infección dura entre cuatro y seis días y en ese tiempo pueden producir hasta 5 miligramos del principio activo, suficiente para entre 20 y 160 dosis de una vacuna, por ejemplo. Para obtenerlo, con lo que queda de las crisálidas después del tiempo de infección se hace una papilla que después se purifica para obtener el principio activo con el grado de pureza deseado, mayor si se va a emplear en humanos o menor si va dedicado a uso veterinario.
Hasta ahora, el sistema habitual para crear estas moléculas son los biorreactores, unos aparatos de gran complejidad técnica y coste elevado. El sistema que propone Algenex lograría, según Escribano, abaratar los costes y simplificar el proceso. Ellos proporcionarían las crisálidas empaquetadas y listas para ser infectada a través del baculovirus con la proteína que el cliente quiera producir. Ese abaratamiento haría interesante la tecnología en dos ámbitos donde el coste es importante: el mercado veterinario y los países menos desarrollados.
Los responsables de la compañía son investigadores del INIA, un centro público de investigación agraria
En la salud animal, ya están trabajando en colaboración con la farmacéutica italiana FATRO en una primera vacuna contra la hemorragia vírica de los conejos, que estará lista en dos años. Para dar el salto a la salud humana, además de probar la validez de su tecnología en animales, están buscando colaboraciones con socios como la Fundación Bill y Melinda Gates, muy implicada en la salud de los países en desarrollo. Escribano calcula que con su tecnología sería posible llevar una vacuna contra la gripe, por ejemplo, en dos meses.
No obstante, para llegar a validar la tecnología de Algenex, será necesario que las farmacéuticas confíen en la tecnología y que se superen los largos procesos regulatorios necesarios para aprobar el uso en humanos de un fármaco. Escribano apunta que su vía de entrada serán los biosimilares, medicamentos biotecnológicos que demuestran ser comparables a medicamentos ya en el mercado.
Si lo lograsen, Escribano, Covadonga Alonso y los otros 12 trabajadores de la empresa habrían logrado algo infrecuente. Los fundadores de la empresa son ambos investigadores del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA) y de allí surgió el germen de Algenex en 2006. Escribano recuerda las dificultades para convencer a inversores o buscar el apoyo de farmacéuticas. “Creo que si hiciésemos lo mismo desde la Universidad de Oxford, por ejemplo, habríamos tenido las cosas más fáciles”, plantea. En España, fue Uninvest, una gestora de entidades de capital riesgo, la que apostó por Algenex. Ahora, más de diez años después de comenzar su travesía en el desierto, creen que pueden conseguir que su sistema deje de ser futuro y empiece a ser presente.