jueves, 15 de marzo de 2018

La divergencia del futuro

Las explicaciones que Darwin dio en su día sobre los procesos de adaptación y selección natural son insuficientes para dar cuenta de la complejidad del mundo actual, donde el peso de las rupturas y discontinuidades es esencial.


Cuando observamos la infinita diversidad de formas de vida que abundan en la flora y en la fauna, descubrimos cuán extraños, surrealistas, oscuros, imaginativos e incluso contradictorios son los fenómenos que se dan en la naturaleza. No hay que sorprenderse mucho si, entre todos los animales, son los hombres los que son capaces de tener las ideas más audaces para poder disponer del medio ambiente e, incluso, para modificar la evolución de su propia especie. La ética constituye así la mayor divergencia que tenemos para modificar nuestro destino. En términos universales puede parecer un detalle marginal, aun cuando lo llevemos con orgullo, pues es algo que no parece manifestarse en ninguna otra especie, ni en la naturaleza en general. De esta no estudiamos más que su evolución astrofísica, geológica y biológica, desde luego fabulosa pero amoral. Pero esa voluntad ética que consigue transformar nuestra evolución es una decisión exclusivamente humana, “antinatural” diría Darwin, pues protegemos a los débiles y ayudamos a los moribundos frente a la dura ley del más poderoso que domina la evolución. Asumimos el riesgo que deriva de nuestra empatía y solidaridad y tomamos el juego de cartas de la naturaleza para distribuirlo nosotros mismos con el objetivo de obtener, probando todas las combinaciones posibles, un estatus sobrenatural. Seremos dioses es el título de un libro mío.

No se puede explicar el genio creativo de Velázquez o de Don Quijote con la teoría darwinista de la selección natural. Tampoco el de Van Gogh o el de Antonin Artaud: su audacia los terminó aislando como artistas malditos y los condujo al asilo psiquiátrico y a la miseria. Tampoco se podría explicar la invención de la relatividad por Einstein o la de la mecánica cuántica por Niels Bohr. Y menos aún la emergencia de las tecnologías digitales. Los conceptos de Darwin no consiguen dar cuenta de estas innovaciones, que tienen una importancia evolutiva mayor para nuestra especie.


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